¿Qué es el deseo?  

 

 

Hubo un tiempo en que el deseo estaba de moda en los congresos de psicología. En cada conferencia que impartía entonces, sabía que al final, cuando llegara el momento de intercambiar ideas con el público o los colegas, alguien levantaría la mano y me preguntaría: «Muy bien, pero ¿cómo se articula eso con la cuestión del deseo?».

Que j’ai parlé d’estime de soi, d’anxiété, de dépression, de méditation, de consolation, de psychologie positive, il y avait toujours un lacanien dans la salle qui me demandait d’articuler ça avec la question du désir…

Así que, por culpa de todos estos colegas que me imitaban, me quedé atascado en el concepto del deseo durante años. No quería ni oír hablar de ello, al menos en teoría. ¡Me equivocaba, claro! El deseo es una pregunta real, una gran pregunta...

Le désir ce n’est pas seulement le besoin, qui nous pousse vers ce qui nous manque ; ce n’est pas seulement la pulsion, cette force biologique animale et obscure. Le désir, c’est une mise en mouvement, un élan vers la vie, une force d’accomplissement de notre élan vital. Tout désir, quel que soit son objet, est un désir de vivre, de vivre plus fort encore, de tout vivre. Goethe écrivait ainsi : « Nos désirs sont les pressentiments de tous les possibles qui vivent en nous. » 

Deseo de amar, deseo de ser amado, deseo de libertad, deseo de estar juntos, deseo de estar solo, deseo de correr y reírse de la nada, deseo de entregarse a la tristeza y a la nostalgia, deseo de mirar las estrellas en un cielo de verano con gente que amas, deseo de subir a la cima de una montaña y abrazar el cielo y el horizonte y dejarse abrumar por la belleza, deseo de llorar con amigos, deseo de redescubrir tu infancia y todo tu pasado, deseo de seguir viviendo a pesar de la enfermedad, deseo de ligereza y despreocupación, deseo de no envejecer, deseo de no morir, deseo de universalidad y fraternidad...

El deseo es hermoso, pero no es sereno; es cansador, a veces agotador, porque siempre nos impulsa a acelerar en lugar de frenar, a correr en lugar de caminar. A veces es violento, tiránico, hasta el punto de ponernos en peligro.

Por eso los filósofos siempre han reflexionado sobre las mil y una maneras de controlar o extinguir los propios deseos, o incluso las más violentas. Escuchen a Epicteto:

“Sobre cada deseo, pregúntate: ¿qué ventaja tiene para mí no satisfacerlo?”

¡Tranquilo, aire acondicionado!

La meditación también nos anima en este camino: cuando tus deseos te abrumen, siéntate, respira, observa con desapego y amabilidad lo que se agita dentro de ti y está a punto de sacudir tu vida.

Desear es un verbo transitivo: deseamos algo.

Pero en realidad, el deseo es intransitivo por naturaleza: ¡deseamos, y punto! Deseamos vivir, estamos llenos de deseo, y este puede apoyarse en cualquier cosa pasajera. Esta es la advertencia del poeta Paul-Jean Toulet:

“Cuidado con la dulzura de las cosas / Cuando sientas que tu corazón late sin causa / Demasiado pesado…”

El deseo es lo que nos da vida. Es nuestra capacidad de vivir en una realidad aumentada: nos hace ver —a veces hasta la ceguera— las cosas como aún más bellas de lo que son, más deseables, más conmovedoras.

Entonces llega un día en que lo que nos falta ya no son los objetos del deseo, sino el deseo mismo... Porque no morimos de vejez, sino de la extinción de nuestros deseos y del dolor que le sigue.

Mientras tanto, ¡deseen, amigos, deseen con todas sus fuerzas! Y como se acerca el verano, aquí les dejo una pequeña tarea para las vacaciones hasta la vuelta al cole: al final de la comida, con sus amigos, pregúntense todos juntos: "¿Es desear vivir? ¿O es vivir desear?"

¡Estoy esperando tus copias!

 

Ilustración: La extinción del deseo, un ideal recomendado por el budismo… (foto de mi amigo Matthieu Ricard, Aruchanal Pradesh, India, 2020)

PS : cet article reprend ma chronique du 24 juin 2025, que vous pouvez écouter ici, c’était dans l’émission de France Inter, Grand Bien Vous Fasse.